Sobre encargar dos poemarios

by Raez Dupon

No se lo digas a nadie, pero aún no he pasado la ITV de mi vehículo, finalizado el plazo el pasado año. “¿Podemos usarlo hoy, Víctor? Mañana te lo devolvemos”, dijeron. “Iremos despacio”. ¿Y si les da por oír mis discos, y descifran el mensaje encriptado en ellos? Se reirán de mí, claro. Volvía a casa dándole vueltas a todo esto cuando reparé en que habían cerrado, definitivamente, aquella librería del centro. En una ciudad que presume de exclusivas ofertas ya no quedan. No sufras por mí: los libros los compro en otra parte en la capital y, para ser sinceros, aquel matrimonio de libreros me caía fatal: él era todo un oportunista, un político de tertulia. Debí haber imaginado el cierre cuando la vi a ella buscar una guía de París en otro establecimiento. Aunque quizás buscaba una de esas ilustradas, alguna editorial exótica, una de pedidos mínimos. Tengo una de esas.

Ana pasea a menudo por una famosa librería en Madrid, una enorme, con una oferta extensa, suelo de moqueta, silla donde sentarse a leer. El tipo de seguridad espera en la puerta: si te llevas un libro sin pagar no se entera, pero si te dejas la chaqueta sobre la mesa la rescata de tu olvido y te la entrega con una sonrisa y su número de teléfono apuntado en un papel dentro del bolsillo izquierdo. Qué envidia siento al ver las fotos que me envía, las de sus manos sosteniendo ejemplares inaccesibles. Ana tiene las manos más bonitas, y qué decir de sus muslos: he visto una copia perfecta de Mi libro de horas sobre ellos. Ana sabe qué ojear y qué robar, ella no necesita a nadie, o al menos eso cree. Yo también sé qué libros mirar, cuáles comprar. Yo también suelo fiarme de mi olfato al entrar en uno de estos templos. De mi vista, de mi tacto. ¡De mi gusto, si pudiera! Habría desayunado a William Blake esta mañana. ¿Sabes que solía recitar junto a su esposa fragmentos del Paradise Lost usando como vestimenta tan solo unas hojas de algún árbol cercano? Imagino a Eliot recitando a Milton en el cuarto de baño.

Yo también leo sentado sobre la taza del retrete, sobre todo poesía, supongo que por aquello de la circulación en las piernas. Una pieza breve. La poesía tiene esa capacidad -como la correspondencia-, de hacerme levantar de mi asiento, de provocar mi aplauso. La poesía me golpea a cada instante, cada línea, cada palabra: una vez, cuando era pequeño, me perdí en un centro comercial, pese a los constantes avisos de mis padres. Al encontrarnos de nuevo en el aparcamiento, mi madre me abofeteó tan fuerte que me dejó la marca de la palma de su mano grabada en el rostro durante horas, y la boca abierta, desencajada. También lo consigue la poesía. En no pocas ocasiones un verso me hace exclamar “¡hijo de puta!” También hija. Entonces me muevo, cocino, canto, salgo a trabajar, cualquier cosa, lo que sea. Hago un esfuerzo por seguir con mi vida, pero ésta ha cambiado, ya es tarde: vuelvo al libro, leo la misma estrofa con lágrimas en los ojos, de felicidad o de tristeza. Me cuesta tanto pasar página.

Ojalá pudiese escribir poesía, que es como decir ojalá fuese fuerte y con gancho, con mordida. Si no leo a menudo es por las heridas. Me recupero con la prosa, con algún ensayo pero, y esto tampoco lo comentes con nadie, sólo tengo ojos para ella: lo demás es subterfugio. Así, poseo tres copias de Momo en la estantería, y dos del Libro del desasosiego: no habría otra cosa a mano. “También me llevo esto”. La próxima vez que vea a mi librera, voy a encargar dos poemarios. Sé bien cuáles -A.S., Gonzalov-, tengo los sentidos tan finos como un lince. Sólo espero no salir con vida de ésta.

“¿Ha salido ya el último de Eleanor Catton?” Será la excusa, el subterfugio, un señuelo.

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