Autobuses

by Raez Dupon

Me resulta fascinante la maleabilidad de la magnitud tiempo. Ya sabes: la última media hora en el trabajo se hace eterna; parece que fue ayer cuando nos despedimos en el aeropuerto, pero ya hace un año de aquello. Sigo con gran interés también todo lo referente a teorías lingüísticas, a significantes y significados: ¿qué quiso decir realmente mi hermana cuando dijo que «mañana» me devolvería mi coche? En cuanto termine de escribir esto, buscaré en internet el horario del transporte público. Dos días después, sigo sin vehículo.

Aquí no hay librerías, pero tampoco trenes, metro o tranvía, y escasean los autobuses. Hará unos diez años los usaba con frecuencia para ir a la facultad o al centro, o aventurarme a un concierto en Madrid. Odiaba la incomodidad de ir con las rodillas pegadas al asiento delantero, sobre todo después de la rotura de menisco y meseta tibial que acabó con una -muy poco- prometedora carrera deportiva. Además, siempre tuve la sensación de poseer un imán interno capaz de atraer lo más desagradable de entre el pasaje a mi lado: alguien poco aficionado a la higiene, gritones, malhumorados. Luis, de profesión tenor, dedicó la hora y media de nuestro viaje a despotricar sobre la historiografía judía; Sergio vomitó lo que parecía ser un bocadillo de chorizo después de prometerme que no necesitaba ir al servicio. A veces se desarrollaban discusiones interesantes unos asientos más atrás o adelante, y moría de ganas por participar en ellas, sobre cine, sobre sociedad. A menudo quedaban lejos, sólo me llegaba un leve rumor mientras yo permanecía atrapado entre la ventanilla y un tipo que llamaba al camello local para quedar.

No lo echo de menos, aunque odie el desembolso anual en el coche, los impuestos, el aparcamiento, el saberme partícipe del maltrato al medio ambiente. Valoro la libertad de movimiento que me ofrece, el mayor dominio de los tiempos, la música, las ventanillas bajadas, los libros en la guantera y maletero. Me desprendería gustoso de todo eso de vivir en una gran ciudad, pero es difícil hacerlo cuando eres un pobre chico de provincias. ¿Es necesario elegir? Adoro cuando arrancamos el coche aquí para aparecer en Roma, adoro cuando nos abandonamos a los caminos: lo prefiero incluso al día aquel en que una chica preciosa, amable y considerada me despertó de un sueño profundo en el autobús.

—Perdona.
—Hmm, ¿sí? —dije desorientado, mientras limpiaba rápidamente algún resto de baba.
—No quería molestarte. Sólo quería decirte que te veo bajar aquí cada día, y pensé que perdías la parada.
—Oh. No, no, gracias: hoy me bajo en el centro.
—Vaya, lo siento.

Mentí. ¿Qué querías que hiciera? Qué vergüenza. Caminé durante horas aquel día. Me parece oír el coche fuera: han llegado. Hoy tampoco descubriré qué libro lee el pasajero medio.

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