La adoración de los Magos

by Raez Dupon

La adoración de los Magos

Una mañana en los Uffizi te conté aquella historia sobre los tres reyes venidos de oriente para adorar al recién nacido. Por sus rasgos faciales y el color de su piel podías intuir de dónde procedían: África, India o Persia. Una estrella habría de guiar sus pasos -los de sus camellos- a través de un camino duro, casi inhóspito. Finalmente llegarían a la humilde casa de Jesús, María y José en la duodécima noche -aunque esto ya lo sabías-. Al retoño le serían dados oro, incienso y mirra: Rey, Dios, mortal. Recuerdo que te resultó interesante, aunque no tanto como la historia de aquella prostituta en las pinturas de Caravaggio.

Unos meses más tarde, ya en febrero, llegué a T.S. Eliot buscando unos versos que escribirte en la tarjeta junto a las flores: “Who then devised the torment?” Comencé a leer a ese señor con fama de aburrido y remilgado, sobre todo su The Waste Land, aquel poemario que le habían costeado algunos amigos suyos, tan raros como él mismo, unos por caridad, otros llenos de confianza. Comencé a estudiarlo: esa edición de Andreu Jaume ha sido maltratada una y otra vez, incluso profanada, anotaciones a bolígrafo en los márgenes, y sabes que tengo una letra terrible.

En algún momento di con ese otro poema suyo, “The Journey of the Magi”.  Y, ¿sabes? Vuelvo a leerlo mientras espero la hora de los regalos, lo escudriño como el rostro de esos reyes de Rembrandt, de Velázquez, de Murillo, Leonardo, esos hombres cansados, decididos, melancólicos, y le doy vueltas a eso de la difícil travesía, el nacimiento, la muerte, ¡la maldita estrella! La estrella me recuerda a aquella novela de McEwan sobre el amor. La vuelta a casa, a los de casa. 

“Y lo volvería a hacer. Pero escribid. Escribid esto”.

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