París

by Raez Dupon

Vi con mis propios ojos la luz de París a mediados de los años noventa del siglo pasado, durante un viaje de fin de curso. Entonces yo era un buen estudiante, poco aplicado, algo vago, pero respetuoso, con chispa y algo de suerte. Aquello resultó ser un desastre, dado el mal hacer de profesores y compañeros. De los cinco adolescentes que compartimos cuarto de hotel en Montmartre, cuatro llevaron condones. Yo era consciente del riesgo de contraer enfermedades de transmisión sexual -había visto algo de cine, y un profesor se encargó de explicarnos de qué iba todo aquello de la sexualidad durante un año-, simplemente sabía que aquello que ellos esperaban no sucedería. Estuvo cerca: la noche antes de volver, un grupo de suecos y suecas ocuparon las estancias superiores, regándolo todo de vodka. Sin embargo, no pasó nada. Más les hubiese servido a mis compañeros de cuarto tener sexo entre ellos mismos, entre amigos.

Regresé a París cinco años después, convertido en una miserable sombra de mí mismo: el espejo devolvía la imagen de un chico fracasado en los estudios y el amor, depresivo, casi suicida, sin dinero ni objetivos. Las razones varían según quién las cuente, y cuándo: el alcohol, el amor romántico, las drogas, expectativas irrealizables, exceso de grasas saturadas. Decidí acabar con todo aquello y, con el dinero que había ahorrado tras unos meses de trabajo, saqué un billete de avión de ida y vuelta. Tenía diez días para revisar la ciudad, para, esta vez sí, detenerme dónde, cómo, cuándo yo quisiera, y observar. Pasado ese tiempo, destruí mi pasaje y decidí quedarme unos meses más. No di señales de vida el décimo, undécimo y duodécimo día: mi madre nunca me perdonará aquello.

Conocer París requiere tiempo, más aún cuando conoces a alguien durante tu visita, incluso si ella hace de guía. ¿Dónde nos encontramos Susana y yo, bajo qué luces, qué monumentos? No lo recuerdo. Posiblemente en alguna de las orillas del Sena. Quizás sobre el Pont des Arts, donde pasamos una noche a la intemperie, besándonos, mal vestidos. Comenzamos una relación que duró lo que un embarazo sin complicaciones. Sin embargo, las hubo, fuertes y constantes, durante aquel tiempo. ¿Cómo no iba a haberlas? Caracteres incompatibles, falta de amor -no así de cariño-, incluso fue desapareciendo la atracción física, pese al sexo arriesgado -¿quizás no era tan consciente como creía?-. Fallo mío, si pienso en ello. Juntos recorrimos los bulevares, las avenidas, los puentes, los museos, ¡los restaurantes! Hablamos con alguna gente: Miguel, mexicano imitador de Sabina; Britta, americana hija de predicador. El pequeño Nicolás también: a él le dividían sus padres las paredes en dos mitades. En la inferior podía dibujar lo que quisiera. También sobre la puerta de la nevera. Le quedó genial ese tigre dormido sobre una rama.

He vuelto varias veces después de aquello: como chófer de un rico malnacido, o una fugaz visita hace unos meses. Te parecerá patético, pero pasé la tarde metido en un pub australiano delante de la tienda de Virgin, tomándome una cerveza y leyendo The Terrible Privacy of Maxwell Sim, de Jonathan Coe. El rastro de S.A. -su segundo nombre era Andrea: ella lo detestaba, pero yo siento debilidad por los nombres que comienzan por la vocal a- se había difuminado. París, ahora, era otra cosa. Henry Miller, Ernest Hemingway, Vila-Matas, La chica sobre el puente, los libros de historia, Los amantes del Pont Neuf, esa muchacha que espera sentada en un café de la Place Pigalle, el hombre que besa a su perro en el metro de Saint-Placide, Modigliani y Jeanne Hebuterne, promesas a una chica en el Pacífico. Cortázar. Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette. En no pocas ocasiones nos alojamos Susana y yo en el hotel Les Argonautes, ya cerrado. ¿Te he dicho que el papá de ella tenía nombre de general de Alejandro Magno? Desde la ventana podían oírse a los griegos del restaurante debajo, destrozando platos contra el suelo; en la Gibert Jeune de la esquina compramos algo de Verlaine; al fondo, la maravillosa fuente, la estatua de Saint Michel. Sobre el alféizar dejamos dos botellas de alcohol recién empezadas. Me pregunto qué fue de ellas. ¿Brindaría alguien a nuestra salud, nuestro olvido, nuestro amor?

Resulta tan fácil volver a París.

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