De aventuras

by Raez Dupon

Leo un par de reseñas antes de lavarme los dientes, pasear al perro y largarme a trabajar. Su autora habla de pérdida de facultades, de mediocridad: captatio benevolentiae, ella escribe como los ángeles. Quizás sea momento de creer en la metempsicosis y pensar que Keats ha vuelto, más humano si cabe, y esta vez para quedarse. Para hablar con él ya no hace falta ir a Roma o a la biblioteca: Keats se pirra por las magdalenas y la buena compañía.

Son reseñas de libros de aventuras, de esas peligrosas. Cuando era pequeño adoraba a Julio Verne, a Robert Louis Stevenson, me reconozco en sus novelas, como también será fácil encontrarme en Edna O’Brien y Álvaro de la Rica. La primera, al fin y al cabo, es irlandesa y habla de la vida en el campo, y sabes cuánto significa eso para mí: mi centro gravitacional y giratorio es tierra de diggers. El segundo habla de otras trincheras y otras heridas, diferentes a las que deja el agarrar a diario durante horas la azada, pero también profundas y duraderas. ¿En qué persona se escriben las novelas de aventura? ¿Primera, segunda, tercera?

Los personajes lo arriesgan todo, debe ser una seña de identidad de este género. Todo cuanto importa: el tiempo, el espacio, la vida. Tengo la sensación de que siempre ganan, siempre hay para ellos y ellas un cierto tipo de gloria y reconocimiento, incluso de enseñanza, todas quizás no pretendidas, pues los motivos para enrolarse en estas tribulaciones y andaduras son a menudo muy personales. Sus personajes poseen la legitimidad de decirle al autor, a su obra, incluso a nosotros los lectores, algo: “tu tiempo, tu espacio, tu vida, es lo menos que merezco”.

¿Cómo es el rostro del aventurero ideal? Curtido, estoy seguro, como los personajes de las ilustraciones de cubierta en revistas pulp de los años cincuenta. ¿En qué momento captarlo? «Yo, tú, él, nosotros», te inquirí una noche en Burdeos. Me devolviste la jugada con locuciones latinas –carpe diem– y vaguedades. Creo que fue un mal trato, pero soy un tipo muy paciente y, al menos, no me gané un portazo. Alguien ha esculpido, pintado y descrito, arrugas, canas, virtudes, defectos y demás rasgos de mi cara. Debe parecerse bastante a ésa que rescata la reseñista, toda llena de heridas. El ceño fruncido por las dudas, La duda. Un rostro muy parecido, casi idéntico diría, al que muestra David Gedge en primerísimo primer plano en este vídeo.

Incluso el ruido y la furia son familiares. ¡Idiota!, dirías. Mas idiota aventurero, diría yo. Como Jilly Cooper, autora del libro How to Stay Married, que recibió con los brazos abiertos a su marido Leo tras siete años de relación extramatrimonial.

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