Berryman

by Raez Dupon

Una chica llamó a un programa de televisión hace unos meses. “¿A qué te dedicas, cariño?”, dijo la presentadora. “Estudio traducción e interpretación”, respondió ella. “Qué bien: vas a ser una actriz excelente”.

El patinazo de la conductora del programa provocó no pocas mofas y críticas a su labor aquí y allá, en redes sociales y facultades de humanidades. Yo no lo hubiera hecho mejor: descifrar no es lo mío. Códigos, mapas, sueños o palabras, me cuesta discernir el significado, los significados. Conmigo al frente habríamos perdido la guerra. Al timón, habríamos naufragado o, peor aún, descubierto América. Tuve un sueño recurrente hace unos meses: recogía los dientes caídos de mi boca, enormes y marfilados, y los amontonaba sobre las palmas abiertas de mis manos. Los hubiera preferido distintos, te lo aseguro. Google me devolvió entradas sobre la negativa a envejecer; una buena amiga me comentó que las mujeres de otro tiempo solían hablar de ello, que era un buen augurio: “pronto serás rico”. Así qué debería dejar de preocuparme por ser, además, un torpe traductor y filólogo. Yo habría traducido las dream songs de John Berryman como canciones soñadas, mientras que Internet y mi amiga -inglesa y filóloga- me hablan de canciones ideales. Y, amigo, no es lo mismo. Agradezco que la poesía, en no pocas ocasiones, no esté escrita para ser descifrada, traducida, interpretada.

Déjame contarte algo sobre John Berryman. John se casó tres veces y tuvo tres hijos y se suicidó. Lo hizo el siete de enero de mil novecientos setenta y dos, arrojándose desde el puente de la avenida Washington a las frías y duras aguas del Mississippi. El puente conecta las márgenes izquierda y derecha a la altura de la universidad de Minnesota, donde el bueno de John impartía clases. Tenía cincuenta y siete años. Dejaba atrás un puñado de amistades con vivos y muertos: Dylan Thomas, T.S. Eliot, Robert Frost, Adrienne Rich, Randall Jarrell, Stephen Crane. ¿Sabías que Jarrell falleció tras ser atropellado por un coche? Quizás él también se arrojó. ¿Y que Crane contempló con sus propios ojos el asesinato de una chica blanca de manos de su amante negro? Amistades complicadas las de John. Tampoco fue fácil la relación con sus padres: Mrs Berryman era una mujer muy posesiva y, dicen, manipuladora; John Allyn Smith Sr. se descerrajó un tiro en el pecho en el jardín de casa, cuando su hijo mayor -nacido John Allyn Smith- contaba tan solo con once años. El pequeño fue el primero en descubrir el cadáver de su padre. Un suceso oscuro, nada clarificado: ¿limpiaba aquel hombre un arma que creía descargada? ¿Acaso fue Mrs Berryman quien colocó la bala? John se lo preguntaría a su madre en una carta años más tarde.

El tipo sobre el puente deja atrás su vida -su familia, sus pupilos, sus colegas, su alcoholismo- y su obra: biografía de Crane, ensayos sobre Shakespeare, colecciones de poesía. Fundamentalmente, sus famosas Dream Songs, protagonizadas por Henry, el alter ego del autor. Como él, Henry vive en una sociedad post-industrial, gobernada por el sueño de la ciencia que, cuando debía traernos felicidad y seguridad, nos dejó una bomba atómica, como diría Vonnegut. Henry es un héroe de la Guerra Fría, como en otras épocas lo fueron Ulises, Eneas o Dante. Los épicos cantos de Henry, como los de sus predecesores, no están escritos para que los entendamos nosotros, sino para aterrorizarnos y para confortarnos. Todos estos héroes regresan al mundo tras una dura travesía en la que todos han de perder algo que les es querido: la tripulación, la esposa, el padre, la amante, los amigos, los lazos políticos. Henry pierde a su padre. No podemos comprender su pérdida -¿por qué?-, sino dejarnos arrebatar por ella, dejarnos influir por ella.

Quizás su canción ideal más celebrada sea la número catorce, que comienza,

Life, friends, is boring. We must not say so.

A mí, sin embargo, me gustaría quedarme ahora con la número setenta y siete, que cierra el primer grupo de poemas. En ella, Henry se disfraza del dios Jano, nos emplaza al pasado, al presente, al futuro,

thése fierce & airy occupations, and love,
raved away so many of Henry’s years
it is a wonder that, with each hand
one of his own mad books and all,
ancient fires for eyes, his head full
& his heart full, he’s making ready to move on

Hace unos años conocí a Will Sheff después de un concierto en El Puerto de Santa María. Vencí mi timidez y lo asalté en la puerta del local. Le comenté que me había gustado mucho aquella canción con acordes de los Beach Boys. Me dio las gracias y me vendió un par de camisetas, tu talla y la mía. Sé que habrías preferido su camiseta. Ya a la vuelta, muy de madrugada, te escribí un correo. “Yo diría que no es gay”, te dije. “No has entendido nada”, fue tu respuesta.

Malinterpreto a Will Sheff. A nuestro amigo John. A Henry, nuestro héroe, que regresó a casa.

Well, I hear my father fall
I hear my mother call
I hear the others, all whispering ‘come home’
“I’m sorry to go
I loved you all so
But this is the worst trip I’ve ever been on”

So hoist up the John B. sail
See how the main sail sets
I’m full in my heart and my head
And I wanna go home
With a book in each hand
In the way I had planned
Well, I feel so broke up, I wanna go home

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