¿Operadora? Póngame con la reina Victoria

by Raez Dupon

Antes de ser elegido primer ministro, Benjamin Disraeli escribió algunas novelas, como Sybil (1845). Habla Disraeli en ella de dos naciones: ricos y pobres. Dice que unos ignoran los hábitos y costumbres de los otros, sus pensamientos, sus sentimientos, como si moraran en diferentes lugares, como si fuesen habitantes de planetas separados, distantes. Así son ya traídos al mundo, formados, educados: se alimentan de distinta comida, son gobernados atendiendo a otros principios, se rigen por distintas leyes. Si Disraeli hubiese escrito una nueva novela tras su largo mandato, se habría encontrado una realidad muy poco cambiada.

Yo conozco a Sibila: a veces se parece a aquella de Cumas que tan solo quería morir. Otras, a esa chica risueña, inteligente y egocéntrica que protagoniza My Brilliant Career, de Miles Franklin, la misma que renuncia a la vida de esposa rica y abnegada, que no está dispuesta a renunciar a su libertad, aunque eso signifique, claro, un futuro incierto, algo oscuro, pero suyo al fin y al cabo: “esta historia trata sobre mí”. Hoy he hablado con Sibila sobre el aburrimiento, sobre no salir de la cama ni levantar la persiana del cuarto, sobre la necesidad de dinero, de una habitación propia. También sobre Samuel Beckett: hemos visto un chándal gris con una cita famosa sobre el pecho: fail again, fail better. Ideal para nuestro domingo de andar por casa, de ataduras a la cama, de pisar fango.

Sibila escribe de maravilla, incluso ha ganado algún premio. Ella ve cosas que otros no ven: posee una mirada especial, una sensibilidad distinta. Dice, como yo, que no leemos lo suficiente: no nos falta razón. Una noche me declamó La conquista de la felicidad, de Bertrand Russell, durante horas. Lo hizo por teléfono: menudo esfuerzo costó aquella factura. Su madre corre mejor suerte: a ella puede declamarle cualquier cosa, a unos pasos de casa.

La soledad del corredor de fondo, escribía Alan Sillitoe en una colección de relatos cortos maravillosa. Angry Young Men, los llamaron. Una estúpida etiqueta, aunque a Sibila y a mí nos vendría que ni pintada. Aunque lo nuestro sea la soledad de la llamada a larga distancia.

Me afeito, agarro mi copia de Saturday Night and Sunday Morning, y me largo a trabajar. Preferiría quedarme en casa en chándal.

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