There Is A Boy That Never Goes Out

PUT THE RADIATOR ON ~ IT'S FREEZING

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¿Operadora? Póngame con la reina Victoria

Antes de ser elegido primer ministro, Benjamin Disraeli escribió algunas novelas, como Sybil (1845). Habla Disraeli en ella de dos naciones: ricos y pobres. Dice que unos ignoran los hábitos y costumbres de los otros, sus pensamientos, sus sentimientos, como si moraran en diferentes lugares, como si fuesen habitantes de planetas separados, distantes. Así son ya traídos al mundo, formados, educados: se alimentan de distinta comida, son gobernados atendiendo a otros principios, se rigen por distintas leyes. Si Disraeli hubiese escrito una nueva novela tras su largo mandato, se habría encontrado una realidad muy poco cambiada.

Yo conozco a Sibila: a veces se parece a aquella de Cumas que tan solo quería morir. Otras, a esa chica risueña, inteligente y egocéntrica que protagoniza My Brilliant Career, de Miles Franklin, la misma que renuncia a la vida de esposa rica y abnegada, que no está dispuesta a renunciar a su libertad, aunque eso signifique, claro, un futuro incierto, algo oscuro, pero suyo al fin y al cabo: “esta historia trata sobre mí”. Hoy he hablado con Sibila sobre el aburrimiento, sobre no salir de la cama ni levantar la persiana del cuarto, sobre la necesidad de dinero, de una habitación propia. También sobre Samuel Beckett: hemos visto un chándal gris con una cita famosa sobre el pecho: fail again, fail better. Ideal para nuestro domingo de andar por casa, de ataduras a la cama, de pisar fango.

Sibila escribe de maravilla, incluso ha ganado algún premio. Ella ve cosas que otros no ven: posee una mirada especial, una sensibilidad distinta. Dice, como yo, que no leemos lo suficiente: no nos falta razón. Una noche me declamó La conquista de la felicidad, de Bertrand Russell, durante horas. Lo hizo por teléfono: menudo esfuerzo costó aquella factura. Su madre corre mejor suerte: a ella puede declamarle cualquier cosa, a unos pasos de casa.

La soledad del corredor de fondo, escribía Alan Sillitoe en una colección de relatos cortos maravillosa. Angry Young Men, los llamaron. Una estúpida etiqueta, aunque a Sibila y a mí nos vendría que ni pintada. Aunque lo nuestro sea la soledad de la llamada a larga distancia.

Me afeito, agarro mi copia de Saturday Night and Sunday Morning, y me largo a trabajar. Preferiría quedarme en casa en chándal.

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Una entrada extraña

No me gusta mi voz al escribir. En realidad no sé si es mía, si es de este yo y no de otro, si no es una copia de tantas, y todas, una serie algo defectuosa. No he escrito más que un puñado de cosas, un vocabulario pobre, una estructura forzada, un contenido muy trillado y aburrido. Piezas de corta extensión, además: cualquer intento de elaborar algo más amplio acaba con el mundo completamente desmoronado, el documento en la basura. Me reconforta pensar que es ésta una necesidad tardía: no hay diario escondido, ni gran biblioteca, ni inquietudes profundas, ni un entorno propicio, ni cuaderno de poemas escondido en mi niñez, mi adolescencia, mi juventud temprana. Es éste el momento de escribir, sin duda, aunque no me guste. En el futuro tendré que confrontar unas voces y otras y, sospecho, de muy pocos relatos podré sentirme satisfecho o, al menos, no demasiado avergonzado. Es el presente un trámite necesario e interminable, inabarcable: algún día, en un futuro inexistente, desubicado, descolocado, cobrará sentido esa frase de L.P. Hartley que abre su maravillosa novela The Go-Between: “el pasado es un país extranjero: allí hacen las cosas de manera diferente”.

Berryman

Una chica llamó a un programa de televisión hace unos meses. “¿A qué te dedicas, cariño?”, dijo la presentadora. “Estudio traducción e interpretación”, respondió ella. “Qué bien: vas a ser una actriz excelente”.

El patinazo de la conductora del programa provocó no pocas mofas y críticas a su labor aquí y allá, en redes sociales y facultades de humanidades. Yo no lo hubiera hecho mejor: descifrar no es lo mío. Códigos, mapas, sueños o palabras, me cuesta discernir el significado, los significados. Conmigo al frente habríamos perdido la guerra. Al timón, habríamos naufragado o, peor aún, descubierto América. Tuve un sueño recurrente hace unos meses: recogía los dientes caídos de mi boca, enormes y marfilados, y los amontonaba sobre las palmas abiertas de mis manos. Los hubiera preferido distintos, te lo aseguro. Google me devolvió entradas sobre la negativa a envejecer; una buena amiga me comentó que las mujeres de otro tiempo solían hablar de ello, que era un buen augurio: “pronto serás rico”. Así qué debería dejar de preocuparme por ser, además, un torpe traductor y filólogo. Yo habría traducido las dream songs de John Berryman como canciones soñadas, mientras que Internet y mi amiga -inglesa y filóloga- me hablan de canciones ideales. Y, amigo, no es lo mismo. Agradezco que la poesía, en no pocas ocasiones, no esté escrita para ser descifrada, traducida, interpretada.

Déjame contarte algo sobre John Berryman. John se casó tres veces y tuvo tres hijos y se suicidó. Lo hizo el siete de enero de mil novecientos setenta y dos, arrojándose desde el puente de la avenida Washington a las frías y duras aguas del Mississippi. El puente conecta las márgenes izquierda y derecha a la altura de la universidad de Minnesota, donde el bueno de John impartía clases. Tenía cincuenta y siete años. Dejaba atrás un puñado de amistades con vivos y muertos: Dylan Thomas, T.S. Eliot, Robert Frost, Adrienne Rich, Randall Jarrell, Stephen Crane. ¿Sabías que Jarrell falleció tras ser atropellado por un coche? Quizás él también se arrojó. ¿Y que Crane contempló con sus propios ojos el asesinato de una chica blanca de manos de su amante negro? Amistades complicadas las de John. Tampoco fue fácil la relación con sus padres: Mrs Berryman era una mujer muy posesiva y, dicen, manipuladora; John Allyn Smith Sr. se descerrajó un tiro en el pecho en el jardín de casa, cuando su hijo mayor -nacido John Allyn Smith- contaba tan solo con once años. El pequeño fue el primero en descubrir el cadáver de su padre. Un suceso oscuro, nada clarificado: ¿limpiaba aquel hombre un arma que creía descargada? ¿Acaso fue Mrs Berryman quien colocó la bala? John se lo preguntaría a su madre en una carta años más tarde.

El tipo sobre el puente deja atrás su vida -su familia, sus pupilos, sus colegas, su alcoholismo- y su obra: biografía de Crane, ensayos sobre Shakespeare, colecciones de poesía. Fundamentalmente, sus famosas Dream Songs, protagonizadas por Henry, el alter ego del autor. Como él, Henry vive en una sociedad post-industrial, gobernada por el sueño de la ciencia que, cuando debía traernos felicidad y seguridad, nos dejó una bomba atómica, como diría Vonnegut. Henry es un héroe de la Guerra Fría, como en otras épocas lo fueron Ulises, Eneas o Dante. Los épicos cantos de Henry, como los de sus predecesores, no están escritos para que los entendamos nosotros, sino para aterrorizarnos y para confortarnos. Todos estos héroes regresan al mundo tras una dura travesía en la que todos han de perder algo que les es querido: la tripulación, la esposa, el padre, la amante, los amigos, los lazos políticos. Henry pierde a su padre. No podemos comprender su pérdida -¿por qué?-, sino dejarnos arrebatar por ella, dejarnos influir por ella.

Quizás su canción ideal más celebrada sea la número catorce, que comienza,

Life, friends, is boring. We must not say so.

A mí, sin embargo, me gustaría quedarme ahora con la número setenta y siete, que cierra el primer grupo de poemas. En ella, Henry se disfraza del dios Jano, nos emplaza al pasado, al presente, al futuro,

thése fierce & airy occupations, and love,
raved away so many of Henry’s years
it is a wonder that, with each hand
one of his own mad books and all,
ancient fires for eyes, his head full
& his heart full, he’s making ready to move on

Hace unos años conocí a Will Sheff después de un concierto en El Puerto de Santa María. Vencí mi timidez y lo asalté en la puerta del local. Le comenté que me había gustado mucho aquella canción con acordes de los Beach Boys. Me dio las gracias y me vendió un par de camisetas, tu talla y la mía. Sé que habrías preferido su camiseta. Ya a la vuelta, muy de madrugada, te escribí un correo. “Yo diría que no es gay”, te dije. “No has entendido nada”, fue tu respuesta.

Malinterpreto a Will Sheff. A nuestro amigo John. A Henry, nuestro héroe, que regresó a casa.

Well, I hear my father fall
I hear my mother call
I hear the others, all whispering ‘come home’
“I’m sorry to go
I loved you all so
But this is the worst trip I’ve ever been on”

So hoist up the John B. sail
See how the main sail sets
I’m full in my heart and my head
And I wanna go home
With a book in each hand
In the way I had planned
Well, I feel so broke up, I wanna go home

In the city

I woke up early this morning and gave my sister, brother-in-law and Matt a lift to the airport. It was quite a nice drive in the dark, we shared some funny comments about dad and the kid and we managed to forget about nostalgia and homesickness all along the way. At least, we did not talk about it — only when we could see the city lights my sister whispered: “I don’t want to leave.” But she did. They did, only half an hour later.

I wove them good-bye, got in the car again and thought about where to go. I should have attended classes today, I definitely should do my best to get in that dull mood again, but I guess I was way too sleepy for that, and today was Thursday after all. I suppose I’ll be back there next Monday morning if nothing goes wrong. So I headed myself to my sister’s flat in the city but before that I checked some of the CDs in the car — inside one of the cases there was a €20 banknote I had totally forgotten about. It must have been ages since the last time I listened to The Jam, I guess. I got home, watched a wonderful film I truly encourage you to see and overslept until three. There was nothing in the fridge -my sister’s place is now empty- and I had started to feel hungry, so I grabbed my wallet and the keys and decided to hit the streets. Once there, I thought a little bit starving wouldn’t do me bad after the whole Christmas excess so, instead of filling my face with cakes I took a walk to the city centre. I had been wanting to browse around the bookshops for quite a long time — stars aligned: money and time at my disposal. I went past the Notthingam-Prisa pub, which reminded me of you. Such a ridiculous name, isn’t it? Almost as bad as that of the Bar Celona, five minutes away from home.

In the city there’s a thousand things I wanna say to you. It is true: I will never feel myself part of this place, no matter for how long I walk around these streets, or wander. But that doesn’t necessarily mean I don’t like them. She is a strange one to me, though I feel home when I’m close to the sea. I enjoy taking glimpses of the people’s faces, the clothes they wear, the way they move and react to the environment: they look different, they dress different, they walk different, they react different, they are different and for years I’ve been indifferent to all this, as if I knew I wouldn’t be staying for long, but it’s been more than a decade since I came here for the first time. I’m thinking of a change soon, rather soonish: Madrid, maybe? Barcelona? No matter where I’ll go, I’ll be scared to death, for I know myself and I know cities are nothing but monsters. Terrible, merciless creatures. They will gnash their teeth in rage at me, they will devour me dry, they will spit me back to where I belong. Would London treat me kind? Suddenly, I saw Concepción walking towards me. What the dickens?

Concepción is one of my professors at uni. She teaches a subject I should not miss by any means, but I have not seen her in two months. Now it was too late to pretend I wasn’t there, I was not myself. Too late for regrets? It has happened to me before. When I was a teenage, my father thought it would be a great idea to make me attend some German classes. “German is the language of the future” he would say after he got drunk with a detective from Hamburg who gave him some good advice and a pin with an Interpol banner on it. So I wasn’t old enough for English, but was already prepared for German declension. I was a true pioneer. Fifteen years later I don’t remember a damn thing of it. So ein Mist. I used to skip classes and spend the afternoon at a park nearby, until one day I met Katherine, the German teacher, a blonde woman as tall as I am and with the look of a Wagner’s goddess, at an alley around the corner. Shivering, I only managed to say: “I was looking for you.” Of course you weren’t, Víctor. It’s been months since the last time she saw you around. Are you dumb? My meeting with Concepción went slightly different. I was shivering as well, but this time I tried hard not to embarrass myself. I just said hello and wished her a happy new year. She smiled at me and continued her way down. I was so nervous I didn’t even realize I had walked past the bookshop, so once I noticed I made my way back, went into the shop and finally ordered Jenn Díaz’s Mujer sin hijo. Great expectations. I also thought I should try to write in English from time to time. How about once every week? If Concepción gets to read this blog some day, my damned soul and curriculum might still be saved.

I took the bus to where my car was parked. On it, two men discussed about women. One of them seemed to be kind of a womanizer. You might have a big dick, the other said. There was a girl by my side. On her face you could read You are a big dick. I smiled. I got out of the bus, bought myself a chocolate cannoli at a bakery, got in the car and headed my way home. In twenty minutes time, I too had left the city, which rested further and further behind.

De aventuras

Leo un par de reseñas antes de lavarme los dientes, pasear al perro y largarme a trabajar. Su autora habla de pérdida de facultades, de mediocridad: captatio benevolentiae, ella escribe como los ángeles. Quizás sea momento de creer en la metempsicosis y pensar que Keats ha vuelto, más humano si cabe, y esta vez para quedarse. Para hablar con él ya no hace falta ir a Roma o a la biblioteca: Keats se pirra por las magdalenas y la buena compañía.

Son reseñas de libros de aventuras, de esas peligrosas. Cuando era pequeño adoraba a Julio Verne, a Robert Louis Stevenson, me reconozco en sus novelas, como también será fácil encontrarme en Edna O’Brien y Álvaro de la Rica. La primera, al fin y al cabo, es irlandesa y habla de la vida en el campo, y sabes cuánto significa eso para mí: mi centro gravitacional y giratorio es tierra de diggers. El segundo habla de otras trincheras y otras heridas, diferentes a las que deja el agarrar a diario durante horas la azada, pero también profundas y duraderas. ¿En qué persona se escriben las novelas de aventura? ¿Primera, segunda, tercera?

Los personajes lo arriesgan todo, debe ser una seña de identidad de este género. Todo cuanto importa: el tiempo, el espacio, la vida. Tengo la sensación de que siempre ganan, siempre hay para ellos y ellas un cierto tipo de gloria y reconocimiento, incluso de enseñanza, todas quizás no pretendidas, pues los motivos para enrolarse en estas tribulaciones y andaduras son a menudo muy personales. Sus personajes poseen la legitimidad de decirle al autor, a su obra, incluso a nosotros los lectores, algo: “tu tiempo, tu espacio, tu vida, es lo menos que merezco”.

¿Cómo es el rostro del aventurero ideal? Curtido, estoy seguro, como los personajes de las ilustraciones de cubierta en revistas pulp de los años cincuenta. ¿En qué momento captarlo? «Yo, tú, él, nosotros», te inquirí una noche en Burdeos. Me devolviste la jugada con locuciones latinas –carpe diem– y vaguedades. Creo que fue un mal trato, pero soy un tipo muy paciente y, al menos, no me gané un portazo. Alguien ha esculpido, pintado y descrito, arrugas, canas, virtudes, defectos y demás rasgos de mi cara. Debe parecerse bastante a ésa que rescata la reseñista, toda llena de heridas. El ceño fruncido por las dudas, La duda. Un rostro muy parecido, casi idéntico diría, al que muestra David Gedge en primerísimo primer plano en este vídeo.

Incluso el ruido y la furia son familiares. ¡Idiota!, dirías. Mas idiota aventurero, diría yo. Como Jilly Cooper, autora del libro How to Stay Married, que recibió con los brazos abiertos a su marido Leo tras siete años de relación extramatrimonial.

París

Vi con mis propios ojos la luz de París a mediados de los años noventa del siglo pasado, durante un viaje de fin de curso. Entonces yo era un buen estudiante, poco aplicado, algo vago, pero respetuoso, con chispa y algo de suerte. Aquello resultó ser un desastre, dado el mal hacer de profesores y compañeros. De los cinco adolescentes que compartimos cuarto de hotel en Montmartre, cuatro llevaron condones. Yo era consciente del riesgo de contraer enfermedades de transmisión sexual -había visto algo de cine, y un profesor se encargó de explicarnos de qué iba todo aquello de la sexualidad durante un año-, simplemente sabía que aquello que ellos esperaban no sucedería. Estuvo cerca: la noche antes de volver, un grupo de suecos y suecas ocuparon las estancias superiores, regándolo todo de vodka. Sin embargo, no pasó nada. Más les hubiese servido a mis compañeros de cuarto tener sexo entre ellos mismos, entre amigos.

Regresé a París cinco años después, convertido en una miserable sombra de mí mismo: el espejo devolvía la imagen de un chico fracasado en los estudios y el amor, depresivo, casi suicida, sin dinero ni objetivos. Las razones varían según quién las cuente, y cuándo: el alcohol, el amor romántico, las drogas, expectativas irrealizables, exceso de grasas saturadas. Decidí acabar con todo aquello y, con el dinero que había ahorrado tras unos meses de trabajo, saqué un billete de avión de ida y vuelta. Tenía diez días para revisar la ciudad, para, esta vez sí, detenerme dónde, cómo, cuándo yo quisiera, y observar. Pasado ese tiempo, destruí mi pasaje y decidí quedarme unos meses más. No di señales de vida el décimo, undécimo y duodécimo día: mi madre nunca me perdonará aquello.

Conocer París requiere tiempo, más aún cuando conoces a alguien durante tu visita, incluso si ella hace de guía. ¿Dónde nos encontramos Susana y yo, bajo qué luces, qué monumentos? No lo recuerdo. Posiblemente en alguna de las orillas del Sena. Quizás sobre el Pont des Arts, donde pasamos una noche a la intemperie, besándonos, mal vestidos. Comenzamos una relación que duró lo que un embarazo sin complicaciones. Sin embargo, las hubo, fuertes y constantes, durante aquel tiempo. ¿Cómo no iba a haberlas? Caracteres incompatibles, falta de amor -no así de cariño-, incluso fue desapareciendo la atracción física, pese al sexo arriesgado -¿quizás no era tan consciente como creía?-. Fallo mío, si pienso en ello. Juntos recorrimos los bulevares, las avenidas, los puentes, los museos, ¡los restaurantes! Hablamos con alguna gente: Miguel, mexicano imitador de Sabina; Britta, americana hija de predicador. El pequeño Nicolás también: a él le dividían sus padres las paredes en dos mitades. En la inferior podía dibujar lo que quisiera. También sobre la puerta de la nevera. Le quedó genial ese tigre dormido sobre una rama.

He vuelto varias veces después de aquello: como chófer de un rico malnacido, o una fugaz visita hace unos meses. Te parecerá patético, pero pasé la tarde metido en un pub australiano delante de la tienda de Virgin, tomándome una cerveza y leyendo The Terrible Privacy of Maxwell Sim, de Jonathan Coe. El rastro de S.A. -su segundo nombre era Andrea: ella lo detestaba, pero yo siento debilidad por los nombres que comienzan por la vocal a- se había difuminado. París, ahora, era otra cosa. Henry Miller, Ernest Hemingway, Vila-Matas, La chica sobre el puente, los libros de historia, Los amantes del Pont Neuf, esa muchacha que espera sentada en un café de la Place Pigalle, el hombre que besa a su perro en el metro de Saint-Placide, Modigliani y Jeanne Hebuterne, promesas a una chica en el Pacífico. Cortázar. Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette. En no pocas ocasiones nos alojamos Susana y yo en el hotel Les Argonautes, ya cerrado. ¿Te he dicho que el papá de ella tenía nombre de general de Alejandro Magno? Desde la ventana podían oírse a los griegos del restaurante debajo, destrozando platos contra el suelo; en la Gibert Jeune de la esquina compramos algo de Verlaine; al fondo, la maravillosa fuente, la estatua de Saint Michel. Sobre el alféizar dejamos dos botellas de alcohol recién empezadas. Me pregunto qué fue de ellas. ¿Brindaría alguien a nuestra salud, nuestro olvido, nuestro amor?

Resulta tan fácil volver a París.

She’s in Love with Black Metal

Los Reyes Magos me han traído un libro que me recuerda a ti. No, no es Shakespeare. Dijiste que nunca sería capaz de entender a Shakespeare, ¿recuerdas? Que adolezco de Anglo-Saxon attitudes. Pero cómo no entender al duque Orsino, enamorado:

If music be the food of love, play on;
Give me excess of it, that, surfeiting,
The appetite may sicken, and so die.

Habíamos entregado nuestras vidas al arte, a las canciones, mucho antes de conocernos. Ellas fueron nuestro lenguaje común, ése que hablábamos los dos con tanta soltura. Los conciertos, nuestro «quedar para un café». Y a mí el café no me gusta, como no me gustaba esa banda aquel día. Nos quedamos porque, ante todo, era algo divertido: tú mirabas asombrada mientras yo te rodeaba desde atrás, soltándote sólo para apartar, ¡golpear!, a toda persona que se acercara en el barullo. Sobrevivimos al concierto con algunas marcas en la piel y un amor, el nuestro, afianzado como nunca tras el minuto y pico de este vídeo. Cayó justo a nuestro lado.

Tú venías del pop más fresco, inteligente y tierno. Yo te encontré algo trasnochado de la escena punk, a veces no encajaba. Había estado en conciertos complicados, y sabes que soy un tipo tranquilo, de manos en los bolsillos y dejar salir antes de entrar. Ni siquiera me molesté con aquel desconocido que me apagó un cigarro en el cuello nada más comenzar un concierto, al contrario: un abrazo, amigo. La música, en directo o grabada, suponía para mí una experiencia muy personal, forzosamente: no comparto los gustos de la mayoría de mis familiares y amigos en cuanto al arte en general pero, seamos sinceros, si dejas un libro que no te gusta a la mitad nadie lo notará; sin embargo, no puedes abandonar a alguien en un concierto al tercer acorde. En ti encontré una de esas entrañables afinidades. En la distancia, la música me hace miserable. El Cielo bien lo sabe.

Decía que hoy me han traído un libro los Reyes Magos: Señores del caos, de Michael Moynihan y Didrik Søderlind (Es Pop Ediciones, traducido por Óscar Palmer Yáñez y prólogo de Javier Calvo). Un trabajo concienzudo, muy profesional y muy pasional, sobre la escena del black metal noruego. No esperes a Henrik Ibsen. Los personajes en él descritos no se parecen a esa pareja de ancianos de Oslo a quienes instalé hace unos meses una televisión por diez pavos. Los protagonistas son un atajo de descerebrados, vikingos de fin de siglo de una era posmoderna, profanadores de tumbas, quema-iglesias, asesinos en el peor de los casos. Per Ohlin, Øystein Aarseth, Varg Vikernes: una infame y macabra trinidad. Una omnipresente oscuridad, un fuego purificador: del furor de los norteños, líbranos, Señor. Larga vida a Odín, enemigo tuerto de un Dios cristiano. No es el regalo que esperaba, pero pienso devorarlo.

Me recuerda tanto a ti.

La adoración de los Magos

La adoración de los Magos

Una mañana en los Uffizi te conté aquella historia sobre los tres reyes venidos de oriente para adorar al recién nacido. Por sus rasgos faciales y el color de su piel podías intuir de dónde procedían: África, India o Persia. Una estrella habría de guiar sus pasos -los de sus camellos- a través de un camino duro, casi inhóspito. Finalmente llegarían a la humilde casa de Jesús, María y José en la duodécima noche -aunque esto ya lo sabías-. Al retoño le serían dados oro, incienso y mirra: Rey, Dios, mortal. Recuerdo que te resultó interesante, aunque no tanto como la historia de aquella prostituta en las pinturas de Caravaggio.

Unos meses más tarde, ya en febrero, llegué a T.S. Eliot buscando unos versos que escribirte en la tarjeta junto a las flores: “Who then devised the torment?” Comencé a leer a ese señor con fama de aburrido y remilgado, sobre todo su The Waste Land, aquel poemario que le habían costeado algunos amigos suyos, tan raros como él mismo, unos por caridad, otros llenos de confianza. Comencé a estudiarlo: esa edición de Andreu Jaume ha sido maltratada una y otra vez, incluso profanada, anotaciones a bolígrafo en los márgenes, y sabes que tengo una letra terrible.

En algún momento di con ese otro poema suyo, “The Journey of the Magi”.  Y, ¿sabes? Vuelvo a leerlo mientras espero la hora de los regalos, lo escudriño como el rostro de esos reyes de Rembrandt, de Velázquez, de Murillo, Leonardo, esos hombres cansados, decididos, melancólicos, y le doy vueltas a eso de la difícil travesía, el nacimiento, la muerte, ¡la maldita estrella! La estrella me recuerda a aquella novela de McEwan sobre el amor. La vuelta a casa, a los de casa. 

“Y lo volvería a hacer. Pero escribid. Escribid esto”.

Autobuses

Me resulta fascinante la maleabilidad de la magnitud tiempo. Ya sabes: la última media hora en el trabajo se hace eterna; parece que fue ayer cuando nos despedimos en el aeropuerto, pero ya hace un año de aquello. Sigo con gran interés también todo lo referente a teorías lingüísticas, a significantes y significados: ¿qué quiso decir realmente mi hermana cuando dijo que «mañana» me devolvería mi coche? En cuanto termine de escribir esto, buscaré en internet el horario del transporte público. Dos días después, sigo sin vehículo.

Aquí no hay librerías, pero tampoco trenes, metro o tranvía, y escasean los autobuses. Hará unos diez años los usaba con frecuencia para ir a la facultad o al centro, o aventurarme a un concierto en Madrid. Odiaba la incomodidad de ir con las rodillas pegadas al asiento delantero, sobre todo después de la rotura de menisco y meseta tibial que acabó con una -muy poco- prometedora carrera deportiva. Además, siempre tuve la sensación de poseer un imán interno capaz de atraer lo más desagradable de entre el pasaje a mi lado: alguien poco aficionado a la higiene, gritones, malhumorados. Luis, de profesión tenor, dedicó la hora y media de nuestro viaje a despotricar sobre la historiografía judía; Sergio vomitó lo que parecía ser un bocadillo de chorizo después de prometerme que no necesitaba ir al servicio. A veces se desarrollaban discusiones interesantes unos asientos más atrás o adelante, y moría de ganas por participar en ellas, sobre cine, sobre sociedad. A menudo quedaban lejos, sólo me llegaba un leve rumor mientras yo permanecía atrapado entre la ventanilla y un tipo que llamaba al camello local para quedar.

No lo echo de menos, aunque odie el desembolso anual en el coche, los impuestos, el aparcamiento, el saberme partícipe del maltrato al medio ambiente. Valoro la libertad de movimiento que me ofrece, el mayor dominio de los tiempos, la música, las ventanillas bajadas, los libros en la guantera y maletero. Me desprendería gustoso de todo eso de vivir en una gran ciudad, pero es difícil hacerlo cuando eres un pobre chico de provincias. ¿Es necesario elegir? Adoro cuando arrancamos el coche aquí para aparecer en Roma, adoro cuando nos abandonamos a los caminos: lo prefiero incluso al día aquel en que una chica preciosa, amable y considerada me despertó de un sueño profundo en el autobús.

—Perdona.
—Hmm, ¿sí? —dije desorientado, mientras limpiaba rápidamente algún resto de baba.
—No quería molestarte. Sólo quería decirte que te veo bajar aquí cada día, y pensé que perdías la parada.
—Oh. No, no, gracias: hoy me bajo en el centro.
—Vaya, lo siento.

Mentí. ¿Qué querías que hiciera? Qué vergüenza. Caminé durante horas aquel día. Me parece oír el coche fuera: han llegado. Hoy tampoco descubriré qué libro lee el pasajero medio.

Sobre encargar dos poemarios

No se lo digas a nadie, pero aún no he pasado la ITV de mi vehículo, finalizado el plazo el pasado año. “¿Podemos usarlo hoy, Víctor? Mañana te lo devolvemos”, dijeron. “Iremos despacio”. ¿Y si les da por oír mis discos, y descifran el mensaje encriptado en ellos? Se reirán de mí, claro. Volvía a casa dándole vueltas a todo esto cuando reparé en que habían cerrado, definitivamente, aquella librería del centro. En una ciudad que presume de exclusivas ofertas ya no quedan. No sufras por mí: los libros los compro en otra parte en la capital y, para ser sinceros, aquel matrimonio de libreros me caía fatal: él era todo un oportunista, un político de tertulia. Debí haber imaginado el cierre cuando la vi a ella buscar una guía de París en otro establecimiento. Aunque quizás buscaba una de esas ilustradas, alguna editorial exótica, una de pedidos mínimos. Tengo una de esas.

Ana pasea a menudo por una famosa librería en Madrid, una enorme, con una oferta extensa, suelo de moqueta, silla donde sentarse a leer. El tipo de seguridad espera en la puerta: si te llevas un libro sin pagar no se entera, pero si te dejas la chaqueta sobre la mesa la rescata de tu olvido y te la entrega con una sonrisa y su número de teléfono apuntado en un papel dentro del bolsillo izquierdo. Qué envidia siento al ver las fotos que me envía, las de sus manos sosteniendo ejemplares inaccesibles. Ana tiene las manos más bonitas, y qué decir de sus muslos: he visto una copia perfecta de Mi libro de horas sobre ellos. Ana sabe qué ojear y qué robar, ella no necesita a nadie, o al menos eso cree. Yo también sé qué libros mirar, cuáles comprar. Yo también suelo fiarme de mi olfato al entrar en uno de estos templos. De mi vista, de mi tacto. ¡De mi gusto, si pudiera! Habría desayunado a William Blake esta mañana. ¿Sabes que solía recitar junto a su esposa fragmentos del Paradise Lost usando como vestimenta tan solo unas hojas de algún árbol cercano? Imagino a Eliot recitando a Milton en el cuarto de baño.

Yo también leo sentado sobre la taza del retrete, sobre todo poesía, supongo que por aquello de la circulación en las piernas. Una pieza breve. La poesía tiene esa capacidad -como la correspondencia-, de hacerme levantar de mi asiento, de provocar mi aplauso. La poesía me golpea a cada instante, cada línea, cada palabra: una vez, cuando era pequeño, me perdí en un centro comercial, pese a los constantes avisos de mis padres. Al encontrarnos de nuevo en el aparcamiento, mi madre me abofeteó tan fuerte que me dejó la marca de la palma de su mano grabada en el rostro durante horas, y la boca abierta, desencajada. También lo consigue la poesía. En no pocas ocasiones un verso me hace exclamar “¡hijo de puta!” También hija. Entonces me muevo, cocino, canto, salgo a trabajar, cualquier cosa, lo que sea. Hago un esfuerzo por seguir con mi vida, pero ésta ha cambiado, ya es tarde: vuelvo al libro, leo la misma estrofa con lágrimas en los ojos, de felicidad o de tristeza. Me cuesta tanto pasar página.

Ojalá pudiese escribir poesía, que es como decir ojalá fuese fuerte y con gancho, con mordida. Si no leo a menudo es por las heridas. Me recupero con la prosa, con algún ensayo pero, y esto tampoco lo comentes con nadie, sólo tengo ojos para ella: lo demás es subterfugio. Así, poseo tres copias de Momo en la estantería, y dos del Libro del desasosiego: no habría otra cosa a mano. “También me llevo esto”. La próxima vez que vea a mi librera, voy a encargar dos poemarios. Sé bien cuáles -A.S., Gonzalov-, tengo los sentidos tan finos como un lince. Sólo espero no salir con vida de ésta.

“¿Ha salido ya el último de Eleanor Catton?” Será la excusa, el subterfugio, un señuelo.