There Is A Boy That Never Goes Out

PUT THE RADIATOR ON ~ IT'S FREEZING

I can’t look you in the voice

Hará cosa de un mes escribí un correo a una famosa autora canadiense, describiendo detalladamente cada libro que adorna la vieja estantería de madera frente a la cama: los Barco de Vapor, los Faber & Faber, los que he leído y releído y alguno más que aún no he abierto. Incluso aquellos que saqué de la biblioteca universitaria y que el perro se encargó de destrozar, el muy cabal, como queriendo decirme: ¿a quién se le ocurriría en su sano juicio leer a Gorki? Nunca devolví sus Pensamientos sobre la literatura y el arte, puede que el perro vomitara la cubierta, atragantado. No lo hice, claro, por vergüenza: “se lo comió el perro”. Aún recibo noticias de la biblioteca, reclamándome esos ensayos o, en su defecto, una suma astronómica de dinero. Sin embargo, aquella noche era una joven canadiense muy simpática quien quería saber algo más sobre mis libros.

Sinceramente, no me lo esperaba. Soy un tipo tímido, desde muy pequeño. Recuerdo a don José pidiéndome que le mirara a la cara al hablar, que no escondiese estos ojos verdes con que he sido agraciado por una genética atropellada, por un Dios con remordimientos al contemplar el resultado general de su obra. Don José era un cura apuesto y alegre, casi un dibujo animado: vestía camisas hawaianas, sus dientes eran perlas, su barba castaña y algo canosa aventuraba a pensar sobre el color de su pelo quince años antes, sobre el cabello de aquel jovial seminarista. Su cabeza ahora quedaba coronada por una reluciente calva. Siempre fue un tipo brillante, al fin y al cabo, don Bombilla. Él siempre esperaba una reacción, incluso cuando ésta constituyera tan solo un gesto, una mirada, un mundo, una sonrisa, un beso. Ya sabes. Asentir o negar con la cabeza, en lugar de la sempiterna indiferencia. Ana, mi querida Ana, sé que ella me recuerda levantando la ceja y sonriendo, al final de la tercera fila.

Pero Ana me ha conocido ya mayor, un adulto. Aún avergonzado, por supuesto, pero menos. Tengo la edad de ser un descreído: no existen cielo ni infierno ni la eternidad de ningún tipo. ¿De verdad lo piensas? Me cuesta hacerme a la idea. Laura hace monederos de cartón, como atrapada por el sistema capitalista. Regañamos a Violeta cuando se pinta las uñas y los labios y se cambia mil veces de ropa pero olvidamos la influencia que la vestimenta o el aspecto físico tenían sobre la escritura de Virginia Woolf. Francisco habla sobre el día en que vio a la familia de los vecinos, desnudos, al completo. Eran peludos como osos. “También ellas”, dice. Pienso en estos niños: ellos no tienen la culpa. Pienso en ti, que has ido hoy al oculista.

Veo tu llamada perdida en el teléfono. Todavía hoy, después de tanto tiempo, me tiemblan la voz y la mano al cogerlo. ¿Contesto, no contesto? Pienso. “Mejor le escribo luego”. Como diría Dorothy Parker a su editor en aquel telegrama, “me cuesta mirarte a la voz”.

Esplendor en la hierba

“Todo es siempre ahora”, diría Eliot. Este año conmemoramos el comienzo de una guerra que despertó a Europa de una paz velada, el preludio de nuestra gran pérdida: todo, menos el recuerdo. Es por esto que grabamos en piedra las palabras “lest we forget”. La memoria es frágil, maleable, una ficción agradable en el mejor de los casos. Y, sin embargo, es tuya, mía, nuestra, y permanece. No nos la arrebatará Hacienda, o mi madre, tu compañero de piso, la última novela que has leído, las canciones. Desando el camino al memorial: el verde prado.

Alec Campbell vivía tan solo unas casas más abajo, un anciano cojo pero erguido, paseando un cocker. Solías verlo por las mañanas antes de ir al hospital donde ayudabas a mujeres a dar a luz, siempre esperando un nuevo Errol Flynn, buscando en ellos la sombra temprana de un apuesto bigote. ¿Qué habría dicho el viejo, de haberle preguntado? ¿Lo hizo por la Madre Patria? ¿El Imperio? ¿Por el Rey, acaso? No, no fue eso: ni siquiera sabía el nombre de aquel tipo, no lo conocía, pero sí conocía a Matthew, el chaval más feo en Davey Street. Matthew llevaba la Odisea en la mochila el día en que zarparon rumbo a Turquía. También David se había alistado, él, que tenía novia. Y el pueblo es aburrido.

Sigue siéndolo. Imagina un lugar sin equipo de fútbol. El parque acuático es también un privilegio. ¿Quién querría vivir aquí? A veces se olvidan de vosotros en la información meteorológica. ¿Quién cruzaría el puente? ¿Quién visitaría esta isla maldita? Todavía ven los fantasmas de los condenados en Port Arthur, por ellos rezo. ¿Dónde estabas la mañana en que Martin perdió la cabeza? Esta tierra está toda del revés: si te diriges al sur hace frío. Yo, sin embargo, recuerdo bien la luz del sol sobre tus muslos, tus brazos desnudos, tu vestido color púrpura, color de tiranos, de dictadores y de hombres libres del antiguo imperio. Recuerdo la copa de vino blanco en una mano, y Un buen partido, de Vikram Seth, sobre la otra. ¿Qué mes, qué año? Un buen día de verano en la cruel primavera.

Cosas como esta pasan a diario: el ayer contra el mañana, los puentes ardiendo, sin vuelta atrás. Nosotros sobre el pasto.